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CRONICAS

Para ir al Meta, no basta con tomar un avión, una flota o un automóvil, la única vía posible para entender su realidad, es conocer su historia y el panorama que ella ha generado en la actualidad.

Muchos de los municipios del departamento son poblaciones jóvenes, fundadas a mediados del siglo XX. La violencia política de los años 1950, provocó un importante desplazamiento de personas que llegaron al Llano en busca de una vida nueva. Gente del Tolima, Cundinamarca, Boyacá, Antioquia y otras regiones arribaron al Meta huyendo de la violencia política. Campesinos, jugadores, aventureros, de repente este departamento se pobló de colonos que se diferenciaban por su credo político. Los liberales fundaron pueblos con el apoyo de su partido, lo mismo hicieron los conservadores y el Partido Comunista. Esta dinámica determinó para siempre el destino del Meta.

Las guerrillas liberales que participaron en la violencia partidista de mediados del siglo XX, se reunieron en una agrupación que bautizaron bloque Sur, que realizó su primera conferencia en territorio del Meta en 1966 y a partir de ese momento tomaron el nombre de Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. El hecho de que los actores armados hayan hecho parte de los procesos de colonización –primero como guerrilleros liberales y luego socialistas-, implicó que la población, de manera inevitable, estuviera en medio del proceso de violencia.

En los pueblos fundados por estos colonos, la guerrilla fue por muchos años la única autoridad visible. Llegaba a la escuela de un municipio o una vereda e invitaba a todos los niños a un paseo a una de las fincas aledañas. Una vez en el lugar, los niños recibían instrucción ideológica y militar. Algunos pobladores se negaban a esta influencia. Un habitante de uno de estos municipios, recuerda que en su infancia su padre lo enviaba con sus hermanos a pasar el fin de semana con algún pariente en otro municipio para eludir el proceso de adoctrinamiento. Recuerda que el lunes, cuando se reintegraba a sus clases, muchos de sus compañeros le contaban que durante el viaje habían aprendido sobre el manejo de armas y otros aspectos propios de un adiestramiento guerrillero. Era tal el dominio de la guerrilla en la zona, que las familias con cinco o más hijos estaban obligados a que por los menos dos de ellos se unieran a sus filas.

Un hecho que partió en dos la historia del Meta fue el establecimiento de la Zona de Distensión durante la administración del Presidente Andrés Pastrana para adelantar diálogos con la guerrilla de las FARC, entre el 7 de noviembre de 1998 al 20 de febrero de 2002. De los cinco municipios que conformaron dicha zona, cuatro hacían parte del Meta: Uribe, La Macarena, Mesetas y Vista Hermosa. Cuentan testigos que han seguido de cerca la historia reciente del Meta, que antes de la Zona de Distensión la guerrilla dominaba la administración de los municipios, decidía cómo gastar los presupuestos de las alcaldías, reclutaban a miembros de la población, boleteaban, extorsionaban, multaban a las personas de acuerdo a principios de comportamiento social impuestos por ellos.

Durante la Zona de Distensión, el dominio de la guerrilla aumentó. Un testigo de esos años, recuerda que miembros de las FARC eran la autoridad natural en muchas zonas del Meta y amenazaban y asesinaban a personas que en su criterio, colaboraban con la Fuerza Pública o las autodefensas. Las madres de las víctimas debían soportar la muerte de sus hijos y ver cómo los responsables se paseaban al frente de sus casas un día después del crimen.

En 2002, con el fin de la Zona de Distensión, el Meta sufre un cambió radical. La Fuerza Pública hace presencia en todos los municipios, gracias a lo cual la gobernabilidad se recuperó en casi todo el departamento y la Gobernación pudo comenzar a desarrollar su política social, especialmente en las zonas más afectadas por la violencia.

Sin embargo, la población civil que había tenido que vivir con la guerrilla durante varios años, fue estigmatizada por sus adversarios. Las autodefensas ejecutaron masacres y homicidios selectivos, el miedo se apoderó de muchos municipios. Un testigo de esta situación, recuerda que el terror que las autodefensas implantaron era tal, que los amigos de las víctimas de asesinatos no se atrevían a recoger los cuerpos, que permanecían horas enteras en la calle. En un municipio, este grupo reunió a los habitantes en la escuela y los amenazaron con el argumento de que si no cooperaban con ellos, habría más muertes. Una mujer, que en criterio de las autodefensas colaboraba con las FARC, fue asesinada en su propia tienda; al día siguiente, durante el velatorio, su esposo fue secuestrado y posteriormente desaparecido.

La zona del Meta que con más impacto ha vivido el proceso de violencia es el Ariari, la porción de territorio más rica del departamento, una despensa agraria inmejorable donde los ríos son de color esmeralda. Está conformada por los municipios ubicados al lado occidental del río Ariari: El Castillo, Granada, Fuente de Oro, Puerto Lleras, Puerto Rico, Lejanías, Mesetas, San Juan de Arama y Vista Hermosa, fundados por colonos liberales, en algunos casos, o por colonos del Partido Comunista en otros.

Hay muchas formas de percibir el miedo. En los municipios del Ariari se nota en el silencio de sus calles y en la forma como la gente cuenta sus problemas, lo hacen en un tono muy bajo, casi susurrando. La dinámica de la violencia en esta zona ha sido igual al del resto del departamento, un largo periodo de dominio guerrillero y una actual permanencia de las autodefensas en los cascos urbanos.

En muchas poblaciones del Ariari, la gente no se siente sujetos de derechos. Las personas no denuncian los casos de violaciones a los derechos humanos o de violencia intrafamiliar, que en el departamento son bastantes; lo mismo ocurre con el acceso carnal violento y otros delitos sexuales. Para algunos de sus habitantes, la educación se entiende como algo innecesario o tema de segundo orden; los jóvenes, ante la falta de oportunidades, optan por ingresar a las autodefensas o a la guerrilla. Si estos derechos no son percibidos por la gente, mucho menos lo son aquellos como la salud o la recreación.

El tema de los cultivos ilícitos preocupa a todos los habitantes de la zona. Cuando la guerrilla dominaba la región, carnetizó a todos los pobladores involucrados en los cultivos de coca. Cuando llegaban las autodefensas, los campesinos debían esconder los carnés en los árboles, porque al regreso, la guerrilla se los exigía. La droga era el eje de la economía. Cuando las acciones de la Fuerza Pública – fumigaciones, presencia en ríos y carreteras - restringieron el comercio de coca, las familias que vivían del negocio ilícito quedaron sin otra opción de trabajo. La guerrilla suspendió el pago en efectivo porque no pudo seguir comercializándola, empezó a pagarle a los campesinos con vales que pronto dejaron de tener valor. Las autodefensas se apoderaron del negocio y este cambio puso en grave peligro a la población. En la actualidad, un cultivador debe vender la totalidad de la mercancía a un solo actor armado, si vende parte a uno, se convierte en objetivo militar del otro, y peor aún, si vende todo a un solo actor armado ilegal, el otro lo considera un traidor. Hoy, los actores armados ilegales se disputan el control de las zonas cocaleras, entre ellas, las ubicadas entre la Sierra de La Macarena y la Cordillera Oriental.

La gente está huyendo de las poblaciones del Ariari. El problema es tan delicado, que varias escuelas de veredas del municipio de Lejanías como Caño Rojo, La Albania y Yucapé, están cerradas porque los niños, con sus familias, abandonaron los poblados. En otro municipio, la soledad se resume en una estadística: hace 20 años se sacrificaban 30 cabezas de ganado, hoy sólo 14 y muchas se pierden.

A pesar de los esfuerzos del Gobierno nacional, la situación sigue siendo muy delicada, los procesos impulsados desde el nivel central apenas comienzan, pero lo que se percibe en varios municipios del Ariari, es que la gente está dispuesta a generar un cambio perdurable a favor de la democracia. Muchos pobladores tienen proyectos productivos, voluntad para el trabajo asociativo, están a la espera de capacitación en temas como mercadeo y administración de negocios. La gente agradece la presencia de la Fuerza Pública, pero pide que no se retire. Un habitante de la zona resume así esta preocupación: “si el Ejército sale por un lado del pueblo, por otro entra la guerrilla y comienza a preguntar por dónde se fue el Ejército, quién le colaboraba, quién le vendía comida, y el mismo día en que se va el Ejército, matan a cuatro o cinco personas.”

El punto de giro hacia la tranquilidad tiene a su favor una población cansada de los dos grupos al margen de la ley y un entusiasmo que trabaja en silencio, que aguarda una oportunidad. En las conversaciones con la gente, no se siente el cansancio que todos los años de violencia deberían haber dejado en sus voces.